domingo, 31 de diciembre de 2017

LA ÚLTIMA ENTRADA DEL AÑO





                                                          Veo a la calle que está mendiga de pasos.
                                                                             Carlos Oquendo de Amat




   He andado postergando esta entrada. Como nunca, el mes de noviembre pasó y no “colgué” un texto, cosa que nunca había pasado en estos ocho años que administro esta bitácora. Me había propuesto como disciplina publicar mínimo hasta dos entradas por mes, pero fueron apareciendo otras ocupaciones propias de mi labor de profesor, sobre todo en el mes de diciembre, responsabilidades que me fueron creando un cuadro de estrés hasta que colapsé en diciembre del año pasado: surmenage. Frente a esta situación, meses después, decidí solo publicar cada vez que haya escrito un texto sin mayor presión, algo más natural. De a pocos fui cumpliéndolo.






   Pensé que a manera de cierre de este año que ya termina, que no ha sido bueno para mi salud, escribir unas líneas sobre múltiples cosas. Las que en el camino se vayan presentando. Por ejemplo, ahora que escribo esta entrada, acabo de descubrir a un músico peruano, arequipeño para mayor precisión, nacido con el siglo XX: Roberto Carpio (1900-1986) que compuso una pieza musical para piano cuyo título es: Suite Hospital (1928) (https://www.youtube.com/watch?v=WfAWdgC69hA). 







   Escucho sorprendido esta pieza musical e inmediatamente la relaciono con dos poemas, me refiero a Poema del manicomio de Carlos Oquendo de Amat (poema publicado en su mítico libro de 1927: 5 metros de poemas) y a Elogio de la locura de Xavier Abril (Poema publicado en su libro Difícil trabajo de 1935), ambos poetas vanguardistas y compañeros generacionales de Roberto Carpio, quizá, me digo, hasta se conocieron en las viejas calles de la Lima de los años 20. 







  Si bien la suite aludiría a un hospital dedicado a una enfermedad como la tuberculosis (enfermedad que llevaría a la tumba a Oquendo con apenas treinta años), pero en las notas del piano del Preludio de esta sorprendente suite se siente el ambiente opresivo, desesperado de un hospital, cualquiera, y con mayor razón un manicomio.







   Pero mientras Oquendo escribió un poema donde expresa su "miedo" por la locura, Abril le quita de manera irreverente ese halo de respeto y temor que se siente por ella. Dos formas de abordar un mismo tema y que de alguna manera se relacionan con la pieza del compositor arequipeño. Transcribo ambos poemas. 






POEMA DEL MANICOMIO



Tuve miedo
y me regresé de la locura

                           Tuve miedo de ser
                                                               una rueda
                                                                                    un color
                                                                                                     un paso


                                     PORQUE MIS OJOS ERAN NIÑOS


                                                      Y mi corazón
                                                         un botón
                                                             más
                                                              de
                                                 mi camisa de fuerza


                    Pero hoy que mis ojos visten pantalones largos
                    veo a la calle que está mendiga de pasos.
                                                                             
                                                                                                                        (1923)










ELOGIO DE LA LOCURA



La locura es mi constante existencia. Vivo de mi locura. La locura es mi clima. Por todas partes yo voy a la locura.

Un caballo blanco es mi locura. La carpa de un circo a donde no llega el tiempo, es mi locura. La trompa del elefante, además de un niño con miedo cerca del elefante, es mi locura. La butaca vacía de un teatro es mi locura. Y una playa con huesos de náufragos.

Soy una manera de la locura. La libertad de la locura. El fondo, si queréis, de la locura.

Sé que me aproximo a la vida perfecta de la locura.








   Y continuamos con estas líneas. Esta Navidad llegó y con ella algunos regalos que he ido devorando casi en el acto, ¿devorando?, cuidado, no me refiero a comida, hablo de libros y discos, que son otro tipo de alimento, igual de necesarios, por lo menos para mí. Un magnífico libro, obsequio de mi hermano Arturo: Las canciones de The Beatles de Steve Turner, libro que se detiene a contar la historia de cada una de las canciones de los Fab Four, obvio que este es un libro para admiradores (cuando un apreciado amigo se enteró del regalo me dijo: “Ese sería un libro que nunca leería”). Lo decía, para admiradores. Me cuento entre uno de ellos. Gran regalo que disfruto leyendo todo despatarrado.






   Un par de discos, obsequio de mi hermano Francisco y mi cuñada Milagros: The Beatles’ Second Album y Beatles VI. Son dos de los álbumes que la Capitol Records distribuía en territorio norteamericano alterando la edición británica, de tal manera que la discografía Beatle en Estados Unidos es completamente diferente al de Inglaterra (y de gran parte del mundo). Hasta que llega el año 1967 y la Capitol Records decide sacar a la venta los discos de The Beatles de acuerdo con la edición británica, esta puesta en línea empieza con el icónico Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, disco considerado como el mejor disco de rock de todos los tiempos (aunque yo discrepo, para mí, mejor es Abbey Road y a veces pienso que Revolver).  






   The Beatles’ Second Album es en la discografía británica el segundo álbum (antes se decía Lp) que lleva el nombre de With the Beatles (el de la famosa foto en blanco y negro), y que según muchos conocedores, es el disco más rockero de The Beatles. El Beatles VI corresponde al Beatles for sale, cuya foto a mí me gusta mucho aunque la mayoría dice que en ella se nota el cansancio de los músicos por tanta gira, de ahí que para algunos este sea el disco más bajo de toda su discografía. Discrepo, es un disco encantador, aunque sí, aquí volvieron a los covers (precisamente el tiempo era lo que menos les sobraba, para componer, por ejemplo), asunto que habían superado en el disco anterior donde todas las canciones eran de Lennon y McCartney. Luego de Beatles for sale todos sus discos tendían solo composiciones de los cuatro (incluyendo a Ringo).










   El porqué de estas dos ediciones diferentes en la discografía beatle se explica  porque los norteamericanos al ver el talento arrollador de The Beatles decidieron aprovechar al máximo esta “invasión británica” para ganar más dinero y lo hicieron: ahí donde los Beatles sacaban un álbum, la Capitol records sacaba dos, para eso alteraban los discos: quitaban canciones y agregaban otras de discos anteriores. En fin, business is business. Bueno, un par de esos discos han llegado a mis manos y su sonido es espectacular. Lo disfruto.






   En lo que respecta a los regalos que me compré, comentaré que me di el gusto de comprarme tres novelas que en estos días espero iniciar su lectura, me refiero a: Opiniones de un payaso de Heinrich Böll, novela que hace muchos años me recomendó que la leyera mi querido amigo y poeta Vicente Azar, siempre le escuché comentarios entusiastas sobre esta obra y no sé por qué fui postergando su lectura hasta que el día llegó, a tu nombre, recordado Vicente, la lectura de esta novela. Los otros dos libros son En octubre no hay milagros de Oswaldo Reynoso (hace poco fallecido) y Pálido, pero sereno de Carlos Eduardo Zavaleta, su mejor novela, según los especialistas. Debo comentar que hace poco leí y releí Los Ingar y Los  aprendices, magníficas novelas ambas, creo que Zavaleta es un novelista por descubrir o redescubrir, un escritor que pronto ocupará el sitial que se merece por la calidad de sus cuentos y novelas. El tiempo, el tiempo, definitivamente no hay mejor juez.






   Los horas pasan, en dos horas y media estaremos recibiendo el nuevo año, solo espero que 2018 sea un mejor año para mi salud y que los libros, los discos con música y películas sigan llegando, para mí esos objetos son sinónimos de paraíso que me alejan del mundanal ruido. Un abrazo y mis mejores deseos para cada uno de ustedes.







   Continuará…





                                                   Morada de Barranco, 31 de enero de 2017.







martes, 31 de octubre de 2017

EN LOS DESCUENTOS DEL MES DE OCTUBRE





                                                        ¡Tantos dioses, Rubén, pero solo dos manos!...
                                                                                                   Martín Adán






   Termina ya octubre, con él se va el invierno y se asoman ya, aunque tímidamente, los días de sol. Mañana es el primer día de noviembre, día feriado en el que podré descansar un poco de las ocupaciones diarias. Me levantaré temprano, muy temprano, de eso puedo estar seguro, quizá a las 4 de la mañana esté ya sentado a la mesa con los libros que voy leyendo por estos días (imagino mi vieja y querida mesa con una pequeña torre de libros que voy "picando" en desorden, pero con pasión).






   Debo reconocer que disfruto mucho de esas horas tempranas del día en que todos o casi todos están todavía durmiendo (pienso en Rita, en Kathia). El silencio cómplice, las temperaturas todavía algo frías hacen de esos momentos algo placentero, íntimo. Al abrigo de prendas que me procuren el calor, de una taza de humeante y negro café, me abandono al placer de la lectura (cómo olvidar aquellos versos de Quevedo que lo dicen de mejor manera: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos.”), o mejor dicho, de la relectura. 







   Entre esos libros de relectura matinal, algunos libros de poesía (por ejemplo: La insurrección solitaria de Carlos Martínez Rivas; Idiota del apocalipsis, recientemente reeditado, de Guillermo Chirinos Cúneo; Mi Darío y Diario de poeta del descomunal Martín Adán) que leo bisturí en mano, lapicero y muchas hojas, pues como han de saber, la poesía suele irrumpir inesperadamente: a veces una palabra, una imagen y esta aparece con su oscuridad que siempre es bienvenida.






   Junto con los libros de poesía, el diario de Julio Ramón Ribeyro: La tentación del fracaso, voluminoso libro que voy leyendo lentamente, sin apuro, desgranando palabra a palabra, literalmente paladeándolo, disfrutando de las peripecias y celebrando las ocurrencias que se deslizan en sus páginas y con unas ganas (también lo reconozco) de que nunca se acabe el libro: “La novela es un producto social, no individual. Brota del genio colectivo, de la herencia cultural asimilada durante siglos. Françoise Sagan (que con 18 años acaba de escribir una obra maestra) no hace más que recoger el rédito del vasto capital almacenado por el genio narrativo francés en el curso de su historia. Yo, detrás mío, sólo tengo leyendas, tradiciones y sainetes. Para un sudamericano es más fácil hacer una revolución que escribir una novela”, grande, Julio Ramón.






   Pero no son los únicos libros que voy leyendo, una novela me acompaña por estos días: La historia interminable de Michael Ende. Debo decir al respecto que este libro lo tengo en mi biblioteca desde hace muchos años, que incluso mi hermano Arturo lo leyó ya hace varias lunas y sus apropiados comentarios tampoco despertaron mi interés. ¿Por qué nunca me atreví a abordarlo? No tengo respuesta precisa. Recuerdo que con Kathia y con Rita, en algún momento, hace ya varios años, vimos las películas que se hicieron sobre este libro, pero leerlo, nunca.






   Hasta que llegó el día, así sin pensarlo mucho. Embarcado en su lectura desde hace unas semanas, me hallo ya a más de la mitad del libro, complacido con las aventuras de Bastián y de Atreyu. ¿Comentarios? Lo dejo para después, para una próxima entrada, el libro es literalmente una caja de sorpresas que justifica hablar o escribir largo y tendido.






   Las horas pasan, ya es noche, muchos celebran Halloween y lo seguirán haciendo, como suelen decir los amantes de la diversión: “La noche es todavía joven”. Allá ellos, yo, desde mi faro del cuarto piso, solo diré que espero el día siguiente para sentarme a la mesa, temprano, muy temprano y disfrutar de la lectura de los libros que he mencionado. ¿Marciano? Que va, el que ame la lectura me entenderá.







   Continuará…






                                             Morada de Barranco, 31 de octubre de 2017.





domingo, 29 de octubre de 2017

UN ROMÁNTICO ALEMÁN





                                                   El artista debe pintar no sólo lo que ve delante de él
                                                   sino también lo que ve dentro de él.
                                                                                           Caspar David Friedrich






   ¿Por qué los personajes de Caspar David Friedrich están siempre de espaldas al espectador? Es una pregunta que siempre me ha rondado. Asumo que esos personajes son, en realidad, cada uno de nosotros, espectadores de los paisajes ideados por el pintor alemán. Los personajes y nosotros, los espectadores de sus cuadros, perdidos en una naturaleza que es expresión de los estados anímicos del pintor; es decir, nosotros convertidos en elementos de un mundo cargado de misterios donde el pintor tampoco puede desentrañar nada. 








   Esos paisajes pintados son símbolos que parecieran buscar un orden en la angustia que domina al artista, paisajes provenientes de un dios creador, ese primer motor que se complace en las tinieblas, que ante nuestras incertidumbres permanece siempre silencioso a nuestras preguntas, a nuestras tribulaciones. 









   Como ese dios creador, Caspar David Friedrich no solo crea paisajes, sino que nos ubica en ellos como minúsculos personajes en estado contemplativo, extraviados ante la inmensidad de un horizonte que no brinda respuestas sino más preguntas. Es decir, dudas que no solo son de los personajes de sus cuadros y de nosotros sus espectadores, también las de él: un pintor apasionado y dominado por interrogantes, por sentimientos y emociones (como no podía ser de otro modo siendo uno de los grandes románticos de esa Alemania que dio al mundo a Hölderlin, Novalis, Von Kleist, Heine, Beethoven, Schumann…).










  Como todo romántico, Friedrich es un pintor que con sus obras rompe el equilibrio del Neoclasicismo, movimiento signado por la razón y la armonía y que estuvo en boga en gran parte del siglo XVIII: uno, el día (el Neoclasicismo) y el otro, la noche (el Romanticismo); uno, apolíneo y el otro, dionisiaco; uno guiado por la luz de la razón hacia el progreso, el otro sumido en una melancolía pertinaz y la soledad sin puerta de escape; o sea, la mesura y la exageración como banderas, en fin: dos movimientos diferentes pero complementarios, como las dos caras de una moneda, como en los cuadros de Caspar Friedrich donde encontramos elementos que nos perturban y nos brindan serenidad.









   No me voy a extender en mi discurso, creo que no es necesario el mucho hablar sobre los objetos artísticos, llámense poemas, piezas musicales, esculturas o pinturas, ahí están ellos para hablar por sí mismos, para defenderse solos. Así han llegado hasta nuestros días las pinturas de este atormentado romántico alemán que alguna vez intentara el suicidio.









   Hace más de ciento cincuenta años (en 1840) que Caspar Friedrich abandonó con sesentaicinco años el tercer planeta, pero incólumes han llegado a nosotros sus misteriosas pinturas. Y aunque estas se encuentran cargadas de interrogantes, tenemos la plena seguridad que su obra ha surcado como un haz de luz la oscuridad del tiempo y lo han rescatado a él de la muerte y del olvido: Caspar David Friedrich es entonces, como algunos marcados por los dioses, un inmortal y ahí está su obra para con toda seguridad demostrarlo.







































   Continuará…





                                             Morada de Barranco, 29 de octubre de 2017.




   
                                               

martes, 26 de septiembre de 2017

UN SINGULAR PEDIDO DE HACE DOS AÑOS





                                                                  Mirando los ojos inmóviles del tiempo…
                                                                                          Leopoldo Chariarse





   Los días andan muy fríos. En los momentos de descanso, ya en casa, cojo los libros en los que ando embarcado y me abandono a su lectura: La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro y La historia interminable de Michael Ende y algunos libros más de poesía. Me parece increíble, pero por estos días, el sueño no es mayor, me levanto a las 4 de la mañana, y leo complacido los libros mencionados.






   Antes de iniciar estas líneas, pensaba de qué temas escribir. Hay ocasiones en que los temas escasean y por un golpe de suerte, este aparece, como me acontece ahora. Sucede que después de un tiempo me topé con una hoja de cuaderno y en él, escrito con lápiz, un pedido que en su momento me hizo sonreír y que hoy conservo como un grato recuerdo. Pero ¿qué había escrito en la hoja? Lo dejo para el final.






   Corría el año 2014, estaba en un salón e iniciaba la clase con una de las historias que suelo contar (como motivación) y que los alumnos disfrutan mucho. La historia era en realidad un mito milenario del antiguo Perú: Cuniraya Viracocha y Cavillaca. La historia cuenta más o menos lo siguiente:







CUNIRAYA VIRACOCHA Y CAVILLACA



   El valle de Lurín tuvo un especial significado religioso en la antigüedad prehispánica; por ello, en torno a esta zona se tejieron muchos mitos, cuentos y leyendas. Una de estas leyendas tiene que ver con la aparición de las islas que se hayan frente a la playa de San Pedro:
   En los primeros tiempos, el dios Cuniraya enseñaba a los pobladores de la sierra a construir andenes y canales de riego. Por su lado, la princesa Cavillaca era la mujer más hermosa de aquellos días; ella prefería seguir soltera a pesar de su juventud. Conocedora de su belleza ella rechazaba a cualquier hombre que le propusiera unirse con ella. Los pretendientes no podían hacer nada frente a la decisión tomada.
  Cuenta la historia que cuando ella se encontraba trabajando en su telar debajo de la sombra de un lúcumo, Cuniraya (que pasaba por ahí) quedó enamorado de la gran hermosura de esta princesa. Amor a primera vista. Conociendo la fama de Cavillaca y lo difícil que era llegar a su corazón, el dios Cuniraya se convirtió en una pequeña ave y desde una rama colocó su semen en una lúcuma y la hizo caer en el regazo de la princesa. Ella se comió la olorosa lúcuma y disfrutó de su sabor, tiempo después quedó embarazada.
   A los nueve meses la princesa Cavillaca dio a luz a un niño, sin embargo, ella no sabía quién era el padre de este. Esta pregunta rondaba su cabeza y cuando el niño cumplió un año ella decidió conocer la verdad.
   Para esto, ella organizó una fiesta invitando a todos los curacas y personajes importantes de la región en Anchicocha (antiguo Huarochirí). Los invitados estaban lujosamente vestidos, brillantes e imponentes. Como ninguno de estos le daba información sobre la paternidad de su hijo, ella le dijo al pequeño que corriera y abrazara a su padre. Cuniraya estaba disfrazado de mendigo y por ello, relegado a una esquina de la habitación totalmente alejado del salón principal. El niño caminó entre todos los elegantes curacas y no paró hasta llegar y abrazar al menesteroso Cuniraya. El niño se sentó en su regazo y sonrió con él.
   Cavillaca, conmocionada y triste de que el padre de su hijo sea un mendigo, cogió del brazo al niño y corrió hacia el mar desesperadamente. Al llegar a la orilla se arrojaron a las aguas y las olas los transformaron en las dos islas que se encuentran frente a la playa de San Pedro de Lurín. La princesa es la isla grande y su hijo la más pequeña.
   Por su lado, Cuniraya al ver lo que sucedía se quitó las ropas andrajosas y se mostró como el más hermoso y resplandeciente de los dioses. Ni sus gritos ni súplicas pudieron evitar que Cavillaca y su hijo se arrojaran al mar los persiguió encontrándose en el camino con el diversos animales; Algunos de ellos le dijeron que la encontraría y otros le dijeron que no la encontraría. Dependiendo de sus respuestas, él los premiaba o los maldecía. Estos animales fueron: Cóndor, Zorro, Halcón, Puma, serpiente y Loro. Al quedarse hablando con ellos, Cuniraya perdió valioso tiempo para evitar que Cavillaca se arroje al océano y cuando llegó al mar ella y su hijo ya se habían convertido en islas.





   Andaba enfrascado en relatar este mito cuando de pronto, del salón vecino, uno de los alumnos del salón de 4to, a los que ya no enseñaba, deslizó en el salón donde estaba contando la historia (sería 2do de secundaria, probablemente) una hoja de cuaderno con un pedido. Al leerlo sonreí, no había otra, me sentí halagado. Esta es la hoja.







   Así que sin llegar a los gritos no tuve otra alternativa que alzar la voz, digamos que los alumnos de cuarto tenían derecho a escuchar también la historia. Lo que no sé es si realmente me llegaron a escuchar: las paredes cumplen su labor y las buenas intenciones no son suficientes. En todo caso, ese gesto simbólico de alzar la voz, lo asumí como que se enteraron y disfrutaron de los avatares de Cuniraya y Cavillaca. 







   De esta experiencia han transcurrido unos dos años, aproximadamente, y una pregunta siempre me quedó y aunque la respuesta la hubiera llegado a saber cuando ocurrió la anécdota, en el momento quise dejarla así, en pura pregunta y así ha quedado: ¿Quién escribió en esa hoja? Como decía un personaje de una telenovela brasileña (la inolvidable doña Milú): ¡Mis - te - rio!











   Continuará…





                                                  Morada de Barranco, 26 de setiembre de 2017.